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Crecer en Sotogrande

30 May 20    Male Retes

Sotogrande nació como sitio de veraneo; como destino vacacional del mes de agosto o como el sitio para venir unos días a jugar al golf o al polo en fines de semana largos y venir en Semana Santa a disfrutar de la segunda residencia.

Ese concepto inicial se fue renovando para convertir el sitio de vacaciones en un sitio de vivienda permanente y la segunda residencia, poco a poco, en la primera. Eso hace que hoy, en el año 2020, exista una generación de jóvenes que nació y creció aquí y que ve en Sotogrande su pequeña patria y fortalece sus raíces en el lugar que los vio crecer; tienen una identidad propia que se fue forjando en las calles de la urbanización, en las esquinas del Pueblo, y en los jardines propios y de amigos.

Tienen entre 15 y 35 años y son cosecha propia: han cursado aquí toda su vida escolar, desde la guardería al bachillerato y muchos empiezan ya a construir sus propias familias luego de un breve lapso universitario en otros destinos. Han pasado aquí veranos, pero también muchos inviernos, y saben perfectamente el mapa de la urbanización a fuerza de recorrerlo en triciclo, bici o moto hasta llegar a conducir un coche.

Crecer en Sotogrande es vivir en la delgada línea que divide el deber del placer: como Jaime, que regresando del cole un viernes por la tarde, solo entraba a casa para cambiarse de ropa y bajar a la playa de enfrente para hacer surf o salir a navegar en familia.

O como Mica, que madrugaba para llegar a las caballerizas antes del horario de clases y Natalia, que alterno cole con caballos cuando aún hablaba sin las “R” para terminar levantando el trofeo del Campeonato de Polo de España.

Y en el Polo de alto hándicap son más de uno los que crecieron en la urbanización para salir al mundo y ganar trofeos; como Pelón que creció ayudando a TODO en las canchas del Río, y desde hace años gana títulos como estrella consagrada en el mundo entero. Como Enrique y Pedro, autóctonos también y campeones de España en golf.

Historias que son la consecuencia de las cortas distancias que existen entre casa y todas las canchas. Privilegios de trasladarse en sólo unos minutos para tener más tiempo de practicar el deporte que nos guste.

Crecer en Sotogrande es haber jugado en la casita del Puerto mientras tus padres comían en algún restaurante vecino, es haberle dado de comer a los peces, es haber conocido el “pan-quesito” de La Loma (al decir de algunos usuarios) ese con columpios y toboganes que humildemente les permitía a muchos chicos encontrarse a jugar en un espacio común. Es saber que “La Iguana” fue discoteca y años después, guardería, donde muchos celebraron sus cumpleaños y saber que a los cumples en casas de amigos, se va con bolso que contenga toalla y bañador.

Es haber jugado al tenis con Manolo o Ian como profesores y haber intentado con el pádel. Es haber aprendido a navegar los sábados en la playa de los catamaranes de Wolf y haber tomado clases de golf en el Real o La Cañada nos guste o no “por las dudas”. Es esquiar en Sierra Nevada con solo tres horas de viaje y participar de la vida del Cucurucho y el Octógono en los veranos.

Es haber aprendido a bailar sevillanas y danza del vientre y reunirse con un grupo para volver marcados por culpa del paintball. Es empezar a salir en “Pueblo” y pasar atardeceres en la playa con viajes en bici a comprar chuches a “el Rocío” o “Videola”.

Es tener amigos de todas las nacionalidades y encontrarse con todos ellos en la feria de Guadiaro, mezclarse en el tren de la Bruja, vestirse de gitana aún con rasgos orientales, comer calamares y algodones de azúcar y llegar al recinto ferial con algún padre para volver a casa con algún otro. Crecer en Sotogrande es querer que nunca termine la infancia, es querer que tus hijos crezcan también, en Sotogrande.


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